La Capilla del emblemático Seminario Mayor de Comillas ha sido el singular escenario donde este viernes, 25 de septiembre, el cardenal Carlos Osoro ha recibido la distinción de Hijo Predilecto de Cantabria de manos de la presidenta del Gobierno regional, María José Sáenz de Buruaga.
Un acto en el que el arzobispo emérito de Madrid se ha visto rodeado de familiares y amigos. De manera especial, ha estado acompañado por sus hermanos y sobrinos, el obispo de Santander, monseñor Arturo Ros, los miembros del Consejo episcopal y diferentes sacerdotes de la diócesis de Santander, de Madrid y de Valencia que, unidos a las numerosas personas que le conocieron en algún momento de su vida, se han sentido felices de poder ser testigos de este momento tan importante.
Tras el discurso de la presidenta y la laudatio, realizada por Manuel Ángel Castañeda, presidente del Ateneo de Santander, un emocionado cardenal Osoro recibió la medalla y el diploma acreditativo. A continuación, dirigió unas sentidas palabras de agradecimiento a todos los presentes.
“Cuando uno echa la vista atrás -comenzó- y recorre los senderos de una vida entera dedicada al servicio, lo primero que experimenta no es la sensación de haber alcanzado la meta, o una meta por mérito propio, sino la generosidad de Dios y la bondad de tantas personas que han hecho posible este milagro”.
Recordando de manera especial a don Juan Antonio del Val, “obispo de Santander, con el que tuve la dicha de trabajar y de vivir muy cercanamente a él”, aseguró que “esta distinción, aunque lleva mi nombre, pertenece en realidad a una obra colectiva, a una comunidad humana de fe que me ha sostenido, que me ha guiado y que me ha acompañado en cada paso de mi trayectoria personal y profesional en este ámbito de la iglesia que tiene la misión de anunciar el Evangelio en esta tierra y en este mundo”.
“Recibir esta distinción de mi querida Cantabria es un honor que me sobrepasa”, dijo, al tiempo que agradecía “este gesto, que honra a la institución que represento y a los valores que han guiado toda mi existencia”.
Para el cardenal Osoro, “el diálogo fecundo entre las instituciones civiles y cristianas es un pilar fundamental para la cohesión social y el desarrollo integral de nuestra comunidad”. Por eso, “esta medalla es un reflejo de ese espíritu de colaboración y entendimiento que siempre he procurado cultivar en cada una de las responsabilidades que he tenido en la iglesia”.
Su familia, el verdadero tesoro de su vida
Mirando a sus hermanos y sobrinos, sentados en primera fila, afirmó que “quienes constituyen el verdadero tesoro de mi vida ha sido mi familia”, “me han dejado una libertad absoluta para vivir el ministerio sacerdotal y el ministerio episcopal”. “Veros aquí reunidos”, apuntó, “es el regalo más hermoso que este día me podía brindar”. “Lo que soy hoy -aseveró- en gran medida os lo debo a vosotros y a la gloria bendita de nuestros padres, cuyo legado de fe y de rectitud intento honrar cada día”.
Dirigiéndose a sus sobrinos, les exhortó a recordar que “el único éxito que verdaderamente importa en la vida es el de entregarse a los demás, el de poner los talentos al servicio de una causa noble y el de vivir con coherencia y con generosidad”.
También tuvo palabras agradecidas a sus amigos de toda la vida y colaboradores, a quienes dijo que “la amistad es una de las formas más puras del amor humano y es un reflejo del amor divino”.
Reconoció que su trayectoria había sido un “camino jalonado de retos estimulantes y de responsabilidades” en el que siempre “he intentado guiarme por un único principio, el servicio incondicional a todos”, teniendo “el inmenso privilegio de ser testigo de la transformación de muchas vidas”.
Confesó que la distinción recibida suponía para él “una relación de compromiso con esta tierra en la que nací a la que quiero toda mi alma”, ya que “el ministerio eclesial no conoce la jubilación del corazón. La vocación de servicio permanece hasta el último aliento de mi vida”.
Y concluyó dando “gracias al Señor por el don de la vida, de la salud y de la vocación” y dirigiendo la mirada a la Virgen María, “Patrona de la montaña, protectora de nuestra comunidad”, a quien encomendó “el futuro de esta región”.

